Cantabria, con dos apuntes toponímicos
Sabido es, desde tiempos remotos, que Cantabria viene a ser tierra de cántabros, gente de natural belicosa. O, al menos, estos cántabros fueron batalladores antes de Cristo, cuando les dio por incordiar, los muy inconscientes, al todopoderoso Augusto. Pero Augusto, como todo emperador, tenía muy mal despertar, pasando lo que pasó.
Por ende, ser de Cantabria debería dejar una marca indeleble. De ahí que durante muchos siglos se la conociera por Santander, La Montaña, Trasmiera o, en parte, por las Asturias de Santillana. Todo con tal de no despertar a la bestia dormida, que no estaba el horno ibérico para bollos. Aún así, hoy día conserva ese evocador topónimo, Cantabria, que nos llena la boca y que tanto les pone a presidentes con nombre de embutido.
Algo distinto ocurre con Potes. A nadie le agradaría nacer en un sitio cuyo nombre es sinónimo de “vomites”, si nos diesen a elegir. Ironías del destino, tal vez para compensar, el demiurgo toponímico emplazó Potes en uno de los más espectaculares horizontes imaginables, dejando a los lugareños mucho más tranquilos.
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