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LUGARES EN QUE LA EDUCACIÓN BRILLA POR SU AUSENCIA

juliaaa @ 18:42

Hay lugares en donde la educación prácticamente requiere de un patrullaje sistemático puesto que las reglas son transgredidas a cada instante. El mejor ejemplo de estos lugares es la clínica o el hospital. En efecto, estos centros de salud tienen normas específicas que la gente parece olvidar con facilidad, ya sea por falta de educación elemental o por desconsideración hacia las demás personas. Como todos sabemos, los pacientes de estos centros necesitan un ambiente tranquilo y relajado que les permita llevar una convalecencia y recuperación adecuada. La mejor forma de lograr esto es con silencio y paz, para lo cual existe un horario de visitas específico que nunca he visto que se respete a cabalidad. Con cierta vergüenza debo admitir que, para haberme dado cuenta de esta situación, necesariamente tuve que haber sido partícipe de esta trasgresión del horario de visitas. En efecto, si la visita a la clínica debe concluir a las 8 de la noche por ejemplo, vemos que la gente recién se está retirando con media hora y hasta una hora de retraso y con la mayor parsimonia posible. Cierto es que todos desean estar acompañando a sus familiares en las horas más difíciles pero esto en nada contribuye al orden de un hospital. Por los pasillos vemos como la gente se retira entre médicos y enfermeras, lo anecdótico del caso es que ni siquiera se preocupan en guardar silencio en su retirada sino que transitan como si anduviesen por la calle, conversando en voz alta y gesticulando, incluso con sonoras bolsas de plástico siendo removidas una y otra vez. Nunca entendí esta falta de educación. Ese típico cuadrito que muestra a una bella enfermera con el dedo índice sobre los labios y solicitando silencio es un mero adorno.

 

            Otro tema que vulnera la paz y tranquilidad en los hospitales son los niños. En efecto, pese a que las reglas de estos nosocomios proponen que no ingresen niños menores de 12 años en sus instalaciones, las familias acuden con sus niños al hospital. Como todos sabemos, los niños son de carácter más o menos ecléctico y se distraen con facilidad, no se les puede pedir que respeten y comprendan las reglas de un lugar para adultos. A duras penas los podemos mantener quietos por un rato, luego de lo cual, ellos siguen su propio libreto, el de los juegos. Pero lo peor viene cuando más de un niño confluye en una habitación del hospital, allí sí que se arma la debacle pues el volumen del vocerío aumenta sin control y ni qué decir de los correteos que se dan entre sonoras risotadas y voces de susto. Seguramente los familiares de los niños estarán divertidos, pero qué de los cuartos contiguos o, peor aun, si la habitación en cuestión es compartida. También he notado que puede ser un riesgo para la propia salud del niño pues a veces juegan con el instrumental médico como las viales o los frascos conteniendo las medicinas. Ni hablar, yo no lo toleraría. Lamentablemente he notado que estas actitudes se dan con la total anuencia de las enfermeras que se desentienden del problema y hacen su trabajo como si nada ocurriese. Los niños chiquitos son un tema aparte, parece broma pero hay padres que los llevan consigo a los hospitales y no es raro que rompan en llanto en uno u otro momento. Intolerable.

 

            Pero lo que si es el colmo, son las clínicas que son regidas por alguna institución religiosa. Por ejemplo, hace poco tuve la oportunidad de visitar a un amigo que cayó hospitalizado luego de sufrir un accidente en circunstancias en que regresaba a su casa luego de una noche de arduo trabajo. Tuvo la mala suerte de que un conductor ebrio se cruzara en su camino dando como resultado una colisión de autos a considerable velocidad. Mi amigo terminó con fracturas en ambas piernas y tuvo que ser internado en una clínica local que, como digo, estaba bajo la tutela de una orden religiosa. El hecho es que una de sus fracturas necesitaba hasta dos cirugías separadas quince o veinte días una de otra. Lo visitaba constantemente en su lecho de dolor, cosa que me agradecía mucho pues su familia en este mundo se reducía a dos hermanos que encima radicaban en el extranjero hacía mucho tiempo. Bueno el hecho es que tuve acceso a algunas conductas medio extrañas por decirlo menos que se dieron durante mi visita a esta clínica. Debo decir que lo más curioso, por emplear un término amable, era la constante intromisión de las religiosas de aquella orden en los cuartos de los pacientes. En efecto, de improviso y sin tocar la puerta para anunciarse y menos pidiendo permiso, las religiosas ingresaban violentamente a las habitaciones con linterna en mano cuando las manecillas del reloj se acercaban a la medianoche. La habitación de mi amigo, signada con el número 212 no fue la excepción de esta extraña costumbre y en reiterados días, sobre todo los primeros, en que me quedé a hacer guardia, me sobresalté por estos vertiginosos y flagelantes ingresos. Imagínense, una habitación con luz baja y quien escribe dormitando en una silla con el cansancio a cuestas y de pronto la puerta se abre en menos de un segundo y una linterna te enfoca directamente en el rostro. Como mínimo parecía una escena de guerra o película de espionaje.

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